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Sí, también se puede (y se debe) ahorrar durante una pandemia

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Con la que está cayendo, muchos pensarán que bastante tenemos con sobrevivir como para encima ponernos a ahorrar. Y con razón. Después de dos meses de confinamiento, una pandemia de padre y muy señor nuestro, y un verano sui generis, lo que queremos todos es que nos digan cuándo se va a acabar esta pesadilla apocalíptica, no que nos pongan más deberes. Pero la realidad es que el coronavirus ha venido para quedarse por un tiempo y que, por mucho que nos pese, nos quedan por delante unos meses de mucha incertidumbre en lo sanitario y también en lo económico.

Precisamente en tiempos inciertos, es más importante que nunca mantener el rumbo o, en este caso, nuestra estrategia de ahorro para protegernos y evitar que un bache puntual se convierta en un problema duradero. Lo fácil —o lo difícil— que nos resulte ahorrar estos meses dependerá mucho de cómo haya afectado la situación a nuestros ingresos y de lo tocado que esté, o pueda llegar a estar, el sector en el que trabajamos. Pero, sea como sea, lo importante es tener una hoja de ruta clara y saber en cada momento por y para qué tenemos que ahorrar.

La deuda ni tocarla

Lo primero, primerísimo, es asegurarse de que podemos pagar todas las cuotas de nuestros préstamos, la hipoteca y la liquidación de la tarjeta de crédito sin problemas para que no empiece a rodar la bola de los intereses acumulados. Si no andamos con cuidado, salir de un apuro fraccionando el pago de nuestra tarjeta de crédito nos puede salir muy caro. Para muestra, pensemos en las revolving y todo lo que vino después. Si la cosa se pone fea y vemos que no vamos a poder pagar alguna cuota de un préstamo, lo mejor es hablar con el banco cuanto antes, para buscar una solución entre todos y no incurrir en penalizaciones e intereses de demora innecesarios.

Que no se acabe el dinero antes que el mes

Una vez tenemos claro que vamos a poder pagar nuestras deudas sin problemas, hay que ocuparse de llegar a fin de mes con cierta holgura. No queda otra, toca sacarle punta al lápiz —o al Excel— para hacer un presupuesto por lo menos a seis meses vista o mejor, a un año, para asegurarnos de cubrir nuestros gastos esenciales, como comida, ropa, gasolina, suministros o seguros. Y ser realistas, considerando que nuestros ingresos se podrían reducir temporalmente. 

Lo mejor es tomar el pasado como referencia para estimar mejor nuestros gastos y no hacerse trampas al solitario. Que no se nos olvide el IBI, los seguros de cuota anual y otros gastos trimestrales o anuales para que no nos pillen por sorpresa. Cuanto más detallado sea el presupuesto, con mayor tranquilidad afrontaremos cada final de mes. Ojo, hemos dicho solamente gastos esenciales, lo que no incluye tratamientos détox, ni suscripciones al Marca, ni tener todas las plataformas de televisión contratadas. Dejarse llevar por los caprichos puede poner en peligro el presupuesto, especialmente en esta época de pandemia.

El colchón de emergencia como oro en paño

Como dicen por ahí, en momentos de crisis, el efectivo es el rey, refiriéndose a la importancia de la liquidez en estos períodos complicados. Efectivamente, el mejor aliado cuando las cosas se tuercen es el colchón de emergencia: esos seis meses de sueldo neto que deberíamos guardar siempre en una cuenta a la vista, disponible para sacarnos de un posible apuro sin que tengamos que tirar de ahorros más a medio o largo plazo, como acciones o fondos de inversión que, aunque también son bastante líquidos, podrían darnos pérdidas si vendemos con prisas, en mal momento. 

Si por lo que sea ya hemos echado mano de este colchón o todavía no hemos llegado a tenerlo, es muy importante que ahorremos un poco más cada mes para reponerlo cuanto antes y posponer, si fuera necesario, cualquier gasto importante como un coche nuevo, muebles o ese smartphone de última generación; hasta que hayamos ahorrado lo suficiente para poder pagarlos sin tocar el colchón de emergencia. Con el panorama tal y como está, dejemos el colchón de emergencia para eso: emergencias.

Resistir la tentación de vender

Esto es de primero de inversión pero, por mucho que nos sepamos la teoría, la práctica, hasta para los inversores más avezados, es más difícil. Las crisis aumentan mucho la volatilidad de los mercados porque, literalmente, todo el mundo está de los nervios y es difícil no dejarse llevar por las emociones, tanto de pánico como de euforia. No es momento de empezar a hacer cambios al tuntún en nuestra cartera. Si, como deberíamos, teníamos una estrategia de inversión, es mejor ceñirse a ella y no mirar la cuenta. Ojos que no ven, inversor que no vende a la baja.

No perder de vista el objetivo

Si ya tenemos la deuda, el fin de mes y el colchón de emergencia bajo control, y hemos conseguido hacer la vista gorda a los desvaríos del mercado, lo suyo es intentar no desviarse de los objetivos de ahorro e inversión que nos hubiéramos marcado a medio y largo plazo, y seguir haciendo nuestras aportaciones a planes de ahorro, seguros de jubilación y fondos de pensiones religiosamente. No dejemos que el presente, por muy pesado que se ponga el virus, nos distraiga porque, aunque en ocasiones no lo parezca, el futuro siempre está a la vuelta de la esquina.

¡A vivir, que son dos días!

Y ahora ya sí que sí, si hemos hecho tic en todas las casillas del ahorrador prudente y estamos preparados para capear la pandemia sin grandes sobresaltos, salgamos, compremos, viajemos y gastemos sin mirar atrás. Eso sí, con prudencia, mascarilla y el gel hidroalcohólico siempre a mano.

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